Mi crítica de La última casa a la izquierda, el remake
Vivimos unos años descorazonadores en cuestiones cinematográficas. Los grandes estudios de Hollywood ya no ocultan sus carencias creativas y han decidido beber casi exclusivamente de dos fuentes: las adaptaciones de otros medios como el cómic, la televisión o los videojuegos; y los remakes, revisiones, secuelas, precuelas y refritos en general. No es una mala estrategia siempre que se ejecute con cierto sentido común y, algo mucho más difícil, se elija con sumo cuidado lo que se va a rehacer y cómo hacerlo.
Ahí es donde los responsables de este remake de la original de Wes Craven, La última casa a la izquierda fallan estrepitosamente. Y es que la devastadora y brutal crueldad que supura el clásico no se ha sabido reproducir en esta revisitación, quizá debido a la diferencia de contextos sociales. De esa suciedad, esa sordidez, esa imperfección primitiva y, en definitiva, de esa incomodidad que transmite la obra seminal de Craven no se encuentra ni rastro en el remake de Dennis Iliadis y, aunque sus escenas de violencia y violación son algo más extremas que en su antecesora, siguen sin desprender ese mal rollo visceral.
Al margen de todo esto, La última casa a la izquierda es una película decente que recoge la idea básica original (los padres de una chica violada y dada por muerta aniquilan a sus tres verdugos por venganza) que se sujeta a algunos parámetros muy propios de nuestra época. Cosas como que la hija sobreviva o el ataque de moralidad del joven hijo del asesino, no son más que salvavidas de esperanza que Hollywood nos lanza, de unos años a esta parte, en todas las producciones más o menos oscuras que rueda. Al fin y al cabo, ¿quién no necesita esperanzas con los tiempos que corren?
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